El carrito de Eneas

Única presentación de la lectura escénica de El carrito de Eneas por Daniel Samoilovich
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Daniel Samoilovich

VIERNES 21 DE SEPTIEMBRE  21.30 hs.

DocumentA/Escénicas (Lima 364, Córdoba Capital) 

LECTURA ESCÉNICA / ÚNICA PRESENTACIÓN

Valor de las entradas $100 

 

En el marco de los 15 años de DocumentA/Escénicas y, como cierre del Ciclo de Lecturas ese llevará adelante la lectura escénica de “El carrito de Eneas” de Daniel Samoilovich por el autor, acompañado de la intervención de la artista visual Natacha Chauderlot.

 

 

SOBRE EL AUTOR

 

Daniel Samoilovich (Buenos Aires,1949) ha publicado 11 libros de poemas; entre ellos, Las Encantadas, (Tusquets, Barcelona, 2003), Driven by the wind and drenched to the bone (Shoestring, Londres, 2007) y Molestando a los demonios (Pre-textos, Valencia, 2009; 2ª edición, Molestando i demoni, L’Aquilone, Roma, 2011).

Es traductor de latín, italiano, inglés y francés. Ha traducido, entre otros, a Horacio (XX Odas del Libro III, Hiperión, 1998) y a Shakespeare (Henry IV, Norma, 2003).

Ha dado conferencias y dirigido seminarios sobre poesía y poética en la Residencia de Estudiantes y la Casa Encendida de Madrid y las universidades de Rosario, Carabobo, Santiago de Chile, São Paulo y Princeton.

Entre 1986 y 2012 dirigió el periódico Diario de Poesía. En 2015 Conaculta (México) publicó una extensa colección de sus poemas.

 

 

 

SOBRE “El carrito de Eneas”

 

En el centro y en Once fue donde empezó en Buenos Aires el fenómeno de los cartoneros durante el gobierno de De la Rúa. Y los diarios, que son tan afectos a buscar tendencias y fenómenos, tardaron mucho en pescarlo. Yo salía a la calle y encontraba bolsas y bolsas negras y tipos cuidándolas y esperando a que llegara el camión, entre montañas de basura. Al principio parecía un sueño, una pesadilla. Aparte del contenido simbólico de decenas de personas –ahora son miles– viviendo de lo que las otras tiran: como una metrópolis de Fritz Lang, una ciudad subterránea que de pronto asoma a la superficie de otra. Y quería escribir algo, no sabía qué. Lo primero que se me ocurrió fue la estructura del escudo de Eneas, algo entre cuadritos de historietas y pantallitas donde se proyecta una película.

Reportaje a Daniel Samoilovich por Osvaldo Aguirre, La Capital, Rosario, 3 de agosto de 2003

 

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En El Carrito de Eneas, con la precisión material que la poesía puede alcanzar mejor que los inventarios académicos, Daniel Samoilovich describe la feria de ambulantes establecidos en la estación Retiro. (…) Samoilovich revela el alma de las mercancías sin alma ni diseño: las atribuciones que acompañan los objetos inventariados ponen de manifiesto que ellos, anónimos e insatisfactorios, adquieren una amenazador dimensión subjetiva, que no llega a ser terrible porque es cómica. Contra la estandarización que transforma a esos objetos en miembros indistinguibles de una serie, Samoilovich los somete a una especie de crecimiento fantástico.

Beatriz Sarlo, en La ciudad vista, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2009

 

 

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He aquí que, frente a lo tremendo, frente al caos que actualmente afecta a la Argentina, Samoilovich se ha encontrado con cosas muy, pero muy serias, y ha sabido verlas. Se ha encontrado con lo que, nunca, los aburridos, empacados profesores con sus estadísticas, y sus sesudos análisis ilegibles, saben mirar bien: una crisis. Y es que, paradójicamente, sólo los que no son serios, o los que siempre saben jugar, o los que son poetas, llegan a comprender lo muy serio.

Lorenzo García Vega, en el Miami Herald, 14 de septiembre de 2003.

 

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No me resulta inocente o mero recurso cómico que se traten precisamente de los héroes griegos quienes cirujeen. Lo que queda son los restos de la ciudad que alguna vez se creyó con orgullo algo así como la Atenas del Plata, una prolongación de Europa de espaldas a su ubicación latinoamericana. (…) Restos del “viaje” (al primer mundo), o sea, resaca.

Estalla también la ironía amarga como en “Cambalache”. Pero mientras en Discépolo hay más bien la idea de un desorden – el viejo tópico medieval de “el mundo al revés” – y un reclamo a medias explícito por alguien que vuelva a poner las cosas en su lugar (que el burro no sea igual que el gran profesor), en el texto de Samoilovich lo que domina es la imagen de la destrucción final, de basura (“comida chatarra”, “contratos basura”). En el clímax de la cínica amargura la voz del que describe la ciudad proclama al final del libro: “El futuro es lo que más rápido envejece / dejando una plétora de residuos excelentes”.

Mario Ortiz, en Revista virtual VOX, Bahía Blanca, septiembre de 2003

 

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Si Daniel Samoilovich viviera en una sociedad en la que la poesía habla a y por la gente, como el ruso Evtushenko acostumbraba a reunir multitudes en la antigua Unión Soviética, o el poeta palestino Mahmoud Darwish que ha reunido 25.000 personas en un estadio, esta sociedad se sentiría a la vez provocada y emocionada por los versos de El Carrito de Eneas. Esto puede sonar excesivo, pero el poeta ha desplegado una amplia red, que convoca variados sentimientos, y ha conseguido darnos una crónica de nuestro tiempo sin apartarse nunca de la poesía. Esta combinación es un logro mayor.

Andrew Graham-Yooll, Buenos Aires Herald, 11 de septiembre de 2003.

 

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La similitud entre el carrito del cartonero y el escudo de Eneas desató un tono épico, pero épico de derrota, no de triunfo. De pronto, apareció sola la idea de que Buenos Aires era Troya, es decir: esto se acabó, estas son las ruinas de algo que antes hubo. Es que el cartoneo es algo terminal, un punto donde van a hundirse muchas cosas, desde la jornada de ocho horas por la que los trabajadores, desde principios del siglo XX, lucharon tanto, hasta las condiciones controladas de salubridad y la prohibición del trabajo infantil. La ley, las leyes, caducan ante el desastre, no se pueden ejercer y aparece algo completamente diferente de lo que pensábamos que era la Argentina. Si se desprende de allí una lección, no estoy seguro, y menos todavía de cuál sea esa lección; el libro culmina con una “solución del enigma troyano” que en realidad no es tal, sino una serie de preguntas bastante amargas, angustiadas incluso, pero que yo no sé formular sino según mi propia naturaleza, más proclive al humor —aunque sea el humor más negro— que a la tristeza.

Daniel Samoilovich, “El Carrito de Eneas: luz blanca sobre bolsas negras”. Publicado en Revista Ñ, Bs. As. Clarín. 16/12/11

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